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El Premio Nobel de Literatura 2022 ha sido concedido a la escritora francesa Annie Ernaux.El [...]

El impecable debut literario de Meryem Alaoui nos ofrece en De la boca del caballo sale la verdad una colorida panorámica de la [...]

Dentro del proyecto de publicación de la obra completa de Annie Ernaux, Cabaret Voltarie presenta "Los armarios vacíos".

Los armarios [...]


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Descatalogados desde hace más de 100 años, Cabaret Voltaire recupera los Cuentos droláticos de Balzac en una magnífica traducción de los profesores Lydia Vázquez Jiménez y Juan Manuel Ibeas Altamira. En esta edición incluimos los cuentos completos y los 425 grabados que Gustave Doré realizó para la edición francesa de 1855.

Publicados entre 1832 y 1837, constituyen un proyecto insólito de escritura lúdica e imitación, cuya exuberancia y fantasía en el uso de un lenguaje inventado significó un escándalo para el mundo literario de la época.

En esta obra de Balzac el sello Doré resulta inconfundible, aunando lo grotesco y lo sublime, las caricaturas más horrendas abrazan a las más hermosas doncellas en un entorno en ocasiones estrambótico, en otras mágico y en otras señorial y fastuoso.

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París, años sesenta. Cansada de sus estudios de medicina y todavía marcada por el suicidio de su amante, Laure se refugia en el alcohol, reniega del amor y emprende un peligroso y excitante camino hacia las profundidades de la vida nocturna del barrio de Pigalle. Pronto se convierte en Gigolá, una joven garçonne, atractiva por su rebeldía —de pelo corto, bastón en mano y vestida de smoking de terciopelo negro—, que vende su cuerpo, como un desafío, en los locales de moda de la plaza Blanche y en garitos del Boulevard de Clichy.

Esta transgresora novela, pionera de las tendencias femeninas actuales, retrata fielmente el fenómeno de las garçonnes, personajes fascinantes y perturbadores que marcaron toda una época. Censurada en 1972, la editorial francesa Fayard la recupera, en 2002, 30 años más tarde.

En 2010 la propia autora lleva Gigolá a la gran pantalla. La película la protagonizan Lou Doillon, hija de Jane Birkin, junto a los actores españoles Marisa Paredes, Eduardo Noriega y Rossy de Palma.

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Cansado de la serie de Les Rougon-Macquart, Zola emprende con entusiasmo en 1891 un nuevo proyecto: Lourdes, primera novela de la trilogía Las tres ciudades, que completan Roma y París. Un mismo hilo conductor las une: la crisis de fe del abate Pierre Froment, y por extensión el eterno conflicto entre ciencia y religión que marcó el origen de la sociedad moderna a finales del siglo XIX. Lourdes constituye un testimonio incomparable del peregrinaje al sur de Francia, en el que la «masa» cobra una dimensión abstracta, con alma propia más allá del hombre, hacia el misticismo, la fe, el dolor y la esperanza humana. En una época donde impera el positivismo y la razón, Zola da una oportunidad a la ilusión y la mentira, al milagro como sustento del sufrimiento.

Tras la publicación de Lourdes y Roma, la obra completa de Zola  fue inscrita en el Índice por un decreto del Vaticano.

Cabaret Voltaire las presenta ahora en su versión íntegra.

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Fue un enigma resuelto casi desde el primer momento. Un bello testimonio literario y un tema que afectaba a uno de los escritores más conocidos e inquietos de la moderna literatura francesa, Jean Cocteau (1889-1963). Todo el mundo sospechaba o sabía que era homosexual, pero él nunca lo dijo. Al contrario que Gide o que Maurice Sachs, Cocteau se dejaba ver con jóvenes (entre ellos Raymond Radiguet) pero no se manifestaba, porque -entre otras cosas- a ratos era católico a su modo y fue un apolítico consentido, es decir, un hombre que se movía como pez en el agua entre la más ilustrada derecha. Entre fines de 1927 y comienzos de 1928, Cocteau escribió una novela corta de signo autobiográfico, escrita desde el “yo”, que tituló “El libro blanco” y que se publicó anónima en 1929. El estilo, el tono, el amor por los marineros y las dudas católicas, todo apuntaba a un Cocteau que jugaba a la coquetería, es decir, como afirmaba el filósofo Simmel, a no decir ni que sí ni que no. Claro que el tema del amor a los jóvenes no era nuevo en aquella Francia, después de Gide y de Proust, por no recordar los poemas eróticos de Verlaine, pero Cocteau era Cocteau…

Claro que el coqueto se fue desvelando poco a poco. En 1930 aceptó ilustrar una nueva edición, con sus singulares y característicos dibujos, y en nota ya decía aceptar lo que se le atribuía, pero como quien asume un cumplido. Hubo que esperar hasta la edición inglesa de 1957 para que en su prólogo Cocteau aceptara (siempre entre velaturas) la paternidad de “El libro blanco” que las ediciones Cabaret Voltaire de Barcelona acaba de reeditar en nueva traducción completa, con todos los dibujos y notas zigzagueantes del autor y con un estudio final de Montserrat Morales Peco en el que aclara el tema de la autoría y los elementos biográficos o no que Cocteau puso en este pequeño y delicioso libro, concebido ( muy en su estilo) como un juego en serio. La atracción por la rotunda masculinidad juvenil (Dargelos, Radiguet, o Jean Desbordes, escritores los últimos, mito vivo del panteón adolescente el otro) y al tiempo la separación entre sexo y amor, la seducción por el pecado centrado en una ciudad como el Toulon de entreguerras, llena de marineros venales y fumaderos de opio, el catolicismo perdonador y misericordioso ( no el otro) y la eterna insatisfacción homosexual, que no se ve como un castigo sino casi como un privilegio. El libro es hermosa literatura que no presenta el universo gay de ahora, sino el de hace ochenta años, pero que jamás parece un documento histórico por la lozanía del estilo de Cocteau, por su chispa con las metáforas eróticas, y por eso otro don del autor de volver alacre, vivo, todo cuanto toca…

Por lo demás “El libro blanco” es casi una introducción al entero Cocteau incluidos sus dibujos, y hasta los más finamente lascivos, con los que ilustró a Genet. Gay rodeado de ricos y elegantes (como Noël Coward, amigo de la reina madre de Inglaterra) Jean Cocteau se paseaba entre duquesas y guapos maleantes, chicos malos con estilo, cuando todo el mundo sabía (en sus últimos años) que el actor Jean Marais fue uno de sus grandes amores -está editada la correspondencia entre ellos- y que dejó como heredero a Édouard Dermit un chico tan guapo en su juventud que fue modelo de fotógrafos y pintores célebres, incluyendo a Dalí.

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