Henri de Régnier. Con aire aristocrático, elegancia y porte elevado, cruzaba la Piazza haciendo sonar en el pavimento la punta de su inseparable bastón de caña con pomo –sus amigos lo llamaban de manera cariñosa Stick–,se dirigía al café Florian, para sentarse sobre el rojo terciopelo de sus bancos adosados a la pared, bajo la pintura al fresco de un chino con coleta, protegida por un cristal; «debajo del chino» se encontraría con Edmond Jaloux, Jean Louis Vaudoyer, Charles du Bos, Abel Bounard, Emile Henriot, Julien y Fernand Ochsé, luciendo todos sus largos bigotes «de los que se hubiese podido arrancar con lupa unos cuantos mechones de Vercingetorix, unos pelos de Barbey d’Aurevilly, dos o tres de los Garçons de Flaubert y un último arrancado al León de San Marcos» (Paul Morand) juntos repartían su refinamiento, desdeñosos de todo lo vulgar, entre los cafés de París y Venecia en respuesta al grito de guerra de Henri de Régnier: «—Vivir envilece». Henri de Régnier era el alma de aquel grupo, su frente limpia, sus ojillos vivaces, su mirada se distinguía con el particular uso del monóculo, nadie lo llevó nunca como él, en el  pasaporte con el que recaló en una docena de ocasiones en Venecia se anotaba, como si de una marca en la piel, un tatuaje, se tratara, este aviso: «lleva monóculo». No era difícil encontrarlo en el Florian, fumando esos recios Virginia, los cigarros preferidos del Emperador Francisco José y de los oficiales de caballería italianos, saboreando el licor de alquermes, sosteniendo el peso de una conversación literaria, o comentando la adquisición de uno de esos bibelots, tan innecesarios como exquisitos, que coleccionaba.
Henri François de Régnier nació el 28 de diciembre de 1864 en Honfleur, ciudad de la costa normanda en la desembocadura del Sena, donde el padre ejercía su empleo de inspector de Aduanas; aunque esta circunstancia casual, no le impidió el sentirse burguiñón, como su madre, una Du Bard, entre los que se hallaba un consejero del Parlamento de Dijon del siglo xviii. A los siete años a causa de un ascenso que obtuvo el padre la familia se trasladó a París, donde pasó su infancia de la que recordó como uno de los sucesos tristes de ella la entrada de los prusianos en 1870.
Estudió en el Collège Stanislas y conforme a su posición social –su ascendente familia aristócrata– tuvo el deseo de ejercer la carrera diplomática, así para ello estudiará Derecho y más adelante pasará el examen de Affaire étrangères, pero su avidez lectora –leía cuanto caía en sus manos: Hugo, Musset, Flaubert y teatro del xviii fueron sus preferencias– que le llevó a escribir sus primeros versos, Golondrinas, lo desviaron de esa primera intención. La profesión de las letras avino mejor a su carácter, sensibilidad e inteligencia, corría el año 1879. Trabajaba en secreto en una obra de empeño Amar la virtud que se parecía al Namouna de Alfred de Musset, pero un empleado del colegio se la confiscó. Un profesor de segunda enseñanza, Larroumet, que entretenía a sus alumnos con la lectura de Tartarín de Tarascón, leyó en voz alta las composiciones de Régnier para burlarse de ellas; al viejo profesor esos versos del joven Régnier le parecían ridículos, el discípulo, ofendido y humillado, no cejó en el empeño, veinte años después, convertido el profesor en crítico de Le Temps se sorprendió gratamente al encontrarse con la obra publicada de su alumno, aquel que escribía «aquellas cosas tan grotescas». Régnier que no se arredró con las burlas del profesor siguió deslumbrado por las letras y los libros, de los que se proveía en un salón de lectura de la calle Sèvres, o en los bouquinistes de los muelles del Sena que no tuvieron secretos para él.
Al tiempo que estudiaba Derecho colaboraba en revistas literarias; la revista Lutèce, en 1885, publicó los primeros versos y artículos firmados como Hugues Vignix, seudónimo con el que reflejó su admiración por Víctor Hugo y Alfred de Vigny. Publicó poemas y prosas en Escritos para el Arte o en Mercurio de Francia, los entonces medios de difusión de la escuela simbolista. A sus primeros libros de poemas Les Lendemains (1885) y Apaisement (1886), publicado por su cuenta como era habitual en la época, les siguieron Sites (1887), Episodes (1888), que reunió luego en Primeros poemas, era el momento del parnasianismo de Leconte de Lisle y Heredia, a quienes sucedería el simbolismo, capitaneado por Mallarmé. En 1889 Con Poèmes anciens et romanesques adquirió un notorio lugar como poeta en el panorama literario de su época.
Fecundo poeta, fiel al ideal clásico, sus poemas revelan notables influencias: Jean Moréas, Gustave Kahn, Leconte de Lisle, Sully-Prudhomme, con quien mantuvo una relación cordial hasta que polemizaron acerca del verso libre del que Régnier se mostró claro partidario, si bien más tarde recuperará ciertas formas tradicionales. Pero, por encima de todos, dos serán los poetas que ejercerán en el joven Régnier su máxima influencia. Stephane Mallarmé el primero. Durante diez años Régnier concurrió a los mardis del salón de Mallarmé en la calle de Roma, en él se encontró con escritores jóvenes que más tarde fueron muy célebres, allí conoció y entabló amistad con Pierre Loüys, quien consideró que Régnier estaba escribiendo sus más bellos poemas, acababa de publicar Tel qu’en songe (1892). José María Heredia, de origen cubano, fue el segundo. Se conocieron en 1888 y tendrá un importante lugar en la vida de Régnier, pues se convertirá en su suegro.
Heredia era director de la biblioteca del Arsenal, en sus recepciones figuraban las celebridades literarias de París, en casa de Heredia conoció a Leconte de Lisle y a Guy de Maupassant, el cual ya padecía las alucinaciones que le condujeron a la locura; Maupassant nunca fue santo de la devoción de Régnier quien al morir aquél dijo «los viajantes de comercio están de luto. Ya no sabrán qué leer». Tras las reuniones en las que monologaba Heredia, servían té en el salón las hijas del poeta, aficionadas también a las letras, Hélène, Marie que componía versos que se publicaron sin firma, y Louise. Las tres contrajeron matrimonio con sendos escritores, respectivamente con René Doumic (en segundas nupcias), Henri de Régnier y Pierre Loüys.
En 1898 nació, Pierre de Régnier, le Tigre, habido de la relación infiel de Marie con Pierre Loüys. Los esposos Régnier se despacharon a su gusto cada uno en sus novelas La double Maîtresse (1900) considerada una novela freudiana «avant l’heure» y L’inconstante (1903) que Marie firmó con el seudónimo de Gérard d’Houville que haría célebre.
Su obra poética fue abundante: Aréthuse (1895), Juegos rústicos y divinos (1897), Las medallas de arcilla (1900), La ciudad de las aguas (1902), La Sandale ailée (1905), Le Miroir des heures (1910); Vestigia Flammae (1921) que publicó tras cumplir cincuenta años, aunque no será el último pues en 1928 apareció Flamma Tenax.
La obra narrativa no quedó atrás. Comenzó en 1894 con los Contes à soi même, desde este libro alternará el verso y la prosa, considerada un destacado ejemplo de decadentismo. Su pasión veneciana le condujo a la época dieciochesca, en la que situó sucesos e imitó el estilo con tal naturalidad que Mme. Bulteau dijo que cuando escribía estas historias de otro tiempo más que inventar, parecía que recordara. Sus historias se mueven en un ambiente artístico, refinado y decadente; ocasionalmente algunos de sus capítulos se tiñieron de los tonos verdes y rosas del viejo relato licencioso o adoptaron el tono de los autores de Memorias del xviii.
Estos libros de Régnier tuvieron una estrecha relación con las ilustraciones, son más de sesenta las ediciones ilustradas de las novelas de Régnier, ilustraciones tan famosas en ocasiones como el mismo texto, más atrevidas que ellos y que quizás contribuyeron a dar una imagen alegre de las novelas de Régnier. Desde la más famosa La amante doble, que fue ilustrada en cuatro ocasiones, El capricho (1902); Le Mariage de minuit (1903); Les Vacances d’un jeune homme sage (1903); hasta Les Recontres de M. de Bréot (1904) que fue ilustrado ocho veces. Otros títulos: El pasado viviente (1905); La Peur de l’amour (1907); La Flambée (1909); Romaine Mirmault (1914); La Pécheresse, Histoire d’amour (1920); L’Escapade (1925). Moi, elle et lui (1935) su última novela, en la que aparecen diseminados elementos biográficos, nunca ha sido ilustrada.
En 1899 visitó por primera vez Venecia invitado por Agustine Bulteau, que firmaba sus novelas como Jacques Vontade e Isabelle de la Baume-Pluvinel, que firmó Laurent Évrard, ambas tenían alquilado la Ca’Dario donde reunían a un nutrido grupo de artistas y escritores. Tras esta estancia Henri de Régnier acudió a Venecia en numerosas ocasiones, en busca de calma, paz y sosiego, era su manera de alejarse del mundanal ruido, sin renunciar al refinamiento extremo, callejeando sin rumbo, con el afán de quien remueve y pone en orden sus ideas. La Ca’Dario y su altana, su lugar preferido, quedará para siempre unida al nombre de Régnier, en el sestiere del Dorsoduro; en 1948 se colocó en la fachada del jardín del palacio que da al campiello Barbaro la siguiente inscripción: in questa casa antica dei dario / henri de régnier / poeta di francia / venezianamente visse e scrisse / anni 1899 e 1901.
Venecia le inspiró poesías, Poèmes d’Italie, una de las partes de La ciudad de las aguas, novelas y cuentos: los Esquisses vénitiennes (1906), fue el primer texto en prosa inspirado en la ciudad ducal; Contes de la France et d’Italie (1912); Le divertissement provincial. L’entrevue. Proses datées. Baudelaire et les Fleurs du mal (1925); Contes vénitiens (1927); L’Altana ou la vie vénitienne (1899-1924) (1928) ; Le voyage d’amour ou l’initiation vénitienne (1930).
En 1908 se presentó a la Academie, para disputar el sillón de André Theuriet, pero no lo consiguió; entrando en su casa se dejó caer pesadamente sobre el sofá mientras murmuraba «José Maria! José Maria!». En 1911 cuando disputó el sillón 39 de Melchior de Vogüé contra Pierre de Nolhac, fue elegido. Lo recibió al año siguiente el conde Albert de Mun, con un discurso que, tomó la apariencia de una crítica mordaz; si las pullas al recipiendario eran costumbre en las recepciones académicas, no se recordaba una crítica tan dura desde la entrada de Alfred de Vigny.
El 23 de mayo de 1936 murió Henri de Régnier; sus últimas palabras fueron: «—Je vous en prie, après moi, pas de societé d’amis». Aun con ser un personaje clave de la literatura de finales del xix y principios del xx, nunca será un nombre destacado, pues de su tiempo otros nombres la posteridad ha tratado con mayor fortuna, pero fue muy apreciado, entre sus admiradores se encontraba Marcel Proust quien tuvo palabras elogiosas para este poeta y novelista, ensayista y crítico literario, para quien la literatura no formó parte de su vida, porque fue la razón de su vida que consistió en escribir sin descanso y con ideas claras: «Jamás he buscado al escribir algo que sea otra cosa que el placer delicioso y siempre novedoso de una ocupación inútil».

Juan José Delgado Gelabert (Palma, 1962) poeta y profesor de lengua y literatura españolas. Ha publicado los libros de poemas Huérfano de trenes y Troade. Su pasión por Venecia le ha llevado hasta los autores franceses que han tratado de manera singular la ciudad de las aguas.

 

 
 
Escritor fin de siècle, admirado por Proust, poeta, novelista, ensayista, veneciano de corazón, Régnier nos presenta en este volumen un compendio de cuentos breves y artículos dedicados a Venecia que conforman un peculiar libro de viajes. Sus relatos nos hacen soñar una Venecia exquisita de palacios y canales, ciudad abierta al misterio, mágico escenario de inquietantes historias e intrigas